DE COSTA A COSTA

 

 

Hay una huella indeleble y otra efímera en la fluctuación de las mareas. Un ojo atento debería permanecer apostado miles de años ante un metro de costa para apreciar un pequeño cambio; ese mismo ojo precisaría del mismo grado de atención para retener en la memoria el dibujo que la espuma improvisa en la arena y que permanece sólo un instante. El mar nunca se repite, aunque no cambie nunca. Escribe con dedos ágiles a la vez que borra. Lo dice todo y todo lo oculta. No hay mejor cebo para un artista que ese lenguaje esquivo y engañoso.

 

Un pintor que elige los océanos como casi único destino para conformar su obra, está apostando por su propio desconcierto. Dicho esto, yo pertenecería a un eventual grupo de pintores desconcertados. En los dos últimos años he recorrido cientos de kilómetros por nuestra geografía, intentando retratar el doble idioma del mar, el que a veces sólo es un brillo fugaz, y otras, un lento pero firme desgaste. Desde mi Cantábrico hasta la Costa da Morte, desde el Cabo de Trafalgar hasta el Mediterráneo más atlántico. Ha sido una tarea tan gratificante como inútil. ¿Cómo hacer perenne lo efímero? o ¿cómo reducir a instante cambios que ocurrirán en un tiempo que supera a la vida humana? Un artista, sin embargo, ha de asumir esos riesgos. Es la manera de sentir tanto la emoción del éxito como la emoción del fracaso. Un cuadro no es sólo el que concluye, sino todos los que se han quedado por el camino. Un acierto es el resultado de muchos errores previos.

 

No podría cuantificar las horas que he pasado intentado aprender el lenguaje del mar ante un lienzo en blanco: la pasión no se mide en horas. A veces me falla la gramática de su movimiento o la pronunciación del viento que lo alienta. Pero nunca abandono. Suelo pensar entonces en los pintores impresionistas: yo les llamo “los velocistas de la Pintura”, más que nada por la obsesión que les espoleaba en su intento de captar la luz natural incidiendo, en un momento concreto del día, sobre el paisaje, los personajes o los objetos. A fin de cuentas, pocas cosas son tan mutables y definitorias como un cambio de luz. En cierto modo, yo me acerco al paisaje con esa mentalidad, aunque no me interese tanto la luz como perseguir otros aspectos que actúan directamente en mi ánimo como observador, y por extensión, en el del espectador de mi obra. Aspectos que ocurren y desaparecen, pero cuyo tránsito se convierten en signo de lo sublime que aspira a situarnos en espacios de tiempo detenido. Pensemos tan solo en los signos que deja la conversación del agua con la arena de la playa.

 

Pero no soy ajeno al tiempo, a mi tiempo. Y a veces me giro y doy la espalda al mar para observar cómo actúa el mar y sus aliados en los elementos próximos a su dominio. Reparo en las construcciones anónimas, a menudo abandonadas. En horizontes urbanos lo suficientemente lejanos para que no nos ganen con su nombre. En veranos conclusos que dejan sus discretas huellas en forma de balizas, casetas o redes de voleyball. En pantalanes ya desmoronados que nos devuelven a un pasado activo y fértil. En cañas de pescar sin vigilancia, clavadas en la orilla de la playa. Presencias inanimadas que nos inquietan desde su extravío, hablándonos, no obstante, del hombre y de su ausencia. Amo esas imágenes vacías, paisajes que dan la espalda, y a la vez, encaran al hombre, a su silencio, a su memoria colectiva.

 

Esta exposición recoge alguna de las inquietudes apuntadas aquí. En cierta manera, es un cuaderno de viajes. Contiene algunos momentos significativos de mis desplazamientos de costa a costa. Pero también de algunos desplazamientos hechos desde mí hasta mí. Como las mareas. Como todo lo que desaparece un día y al cabo del tiempo regresa.

 

 

 

                                                            Jesús Mansé. Septiembre de 2006

LOS DESHABITADOS

 

     Según iba a concluyendo los cuadros que conforman la presente exposición, pensaba, un poco despreocupadamente, en cuál era el hilo conductor –si existía- que emparentaba a todas estas obras. Miraba alrededor. Piezas grandes, medianas, pequeñas. Una suerte de mosaico aleatorio donde las playas daban paso a los paisajes nevados, donde el cielo y el océano se encontraban y conversaban sin prisa. Paisajes ajenos a la estridencia. Paisajes que rehuían al dictado del ojo y obedecían a una voluntad puramente emocional. En el fondo –seguía pensando- no estaba ante nada nuevo. Nada que no figurara en mis entregas previas: es difícil que los intereses de un artista experimenten mutaciones profundas en cortos espacios de tiempo. Mi argumento siempre se ha valido de conceptos como la fugacidad, la vulnerabilidad de casi todo lo que el artista percibe en la contemplación del paisaje, o por el contrario, en aquellos elementos que cuyos cambios son imposibles de precisar en lo que dura una vida humana.

     En estas reflexiones renovadas sobre la medida de lo humano para cuantificar las dimensiones espaciales y temporales del paisaje, hice consciente una cuestión que sólo había considerado muy superficialmente pero que era una constante vigorosa en el conjunto de mi obra reciente: el hombre era el gran ausente en mis cuadros. Y su situación se había acentuado aún más si cabe con el tiempo. Las huellas de lo humano, que aún siguen estando presentes aunque de manera secundaria, aparecen ahora reforzadas en su desolación. Es como si la presencia del hombre se estuviera alejando cada vez más de nuestra percepción. Como si ya no tuviéramos un lugar en esos escenarios, y las pocas señales de humanidad que quedan vigentes, tuvieran prisa en desaparecer. Así, las edificaciones cercanas al mar que rozan el derribo, las empalizadas protectoras de las dunas, los surcos de ruedas en la nieve… cada vez se nos presentan con una mayor distancia emocional. Este análisis me llevó a un título que a la postre es el de esta exposición: Los Deshabitados. Refiriéndome con ello a unos paisajes ya despojados del hombre. La utilización del artículo “los” en el título vincula estas imágenes con una existencia inteligente que ha poblado los lugares que reproduzco en mis pinturas; en definitiva, los dota de una sustancia puramente humana. La negación nos habla a la vez del momento en el que sí fueron habitados, así como de su posterior desocupación.

     Más desolador que un lugar que nunca ha contado con una presencia viva es aquel lugar que ha contenido la vida -y aún más, vida consciente- y que asiste al posterior abandono de cualquier vestigio de animación. En los primeros, no existiría jamás una relación emocional con el paisaje. En los segundos, la melancolía juega un papel fundamental; los arrastra al terreno del pensamiento para convertirlos en un silencio profundamente vivo, para acentuar lo sublime de esa lejanía. Creo que en los cuadros de esta exposición ocurre así. Y hay una vocación por momentos obsesiva en captar esa disidencia del hombre desde su propia mirada. Hay telas que, por ejemplo, reproducen el mismo paisaje dos, tres, cuatro e incluso más veces; como si en una de esas instantáneas se pudiese capturar la información necesaria para ordenar el vacío. Hay otro grupo de pinturas que reproducen siempre la misma fracción de mar y de cielo en diferentes momentos, aunque para el espectador sólo serán tramos anónimos de cielo y mar en cualquier lugar del mundo.

     Apuntadas estas someras claves, el reto de este conjunto, de estos “deshabitados”, es concitar al espectador para que no quede indiferente ante ellos. Invitarle a reconocer en la esencia de estos paisajes, la ausencia del hombre, la de ellos mismos, como parte complementaria y singular del ser humano.

 

                                                Jesús Mansé.         Septiembre de 2009

MARINAS
“Hay una huella indeleble y otra efímera en la fluctuación de las mareas. Un ojo atento debería permanecer apostado miles de años ante un metro de costa para apreciar un pequeño cambio; ese mismo ojo precisaría del mismo grado de atención para retener en la memoria el dibujo que la espuma improvisa en la arena y que permanece solo un instante”,  reflexiona Jesús Mansé, (n.p.Jesús María Cormán,San Sebastián, 1966), que se toma como reto, en cada marina, fijar y captar ambas realidades en unas trazas que muestran, en su sincronía, la enorme fuerza emocional que contienen.

 

Jesús Mansé fundamenta su pictórica en los mismos principios en que la basaron los macchiaioli toscanos y los  impresionistas franceses, pues aunque no está tan interesado, como ellos, en la expresión  de la luz y, consiguientemente, del color, como nervadura y energía trocales de la pintura, , sin embargo le seduce lo cambiante de los paisajes y del mar con el transcurso del tiempo, para perseguir captar las variaciones lumínicas y ambientales, que se dan en distintos momentos, y así trasladarlas al espectador en un  proceso analítico y creador, similar al que Claude Monet desarrolló.
De otra parte, en su técnica se descubren las composiciones por planos de color y la naturalidad del instante, propia del paradigma  impresionista, si bien ejecutado todo con un inconfundible y personal estilo, transfundido de su interés por captar aquellos aspectos que actúan directamente en su ánimo, como observador de la realidad. De esta forma sus cuadros son el resultado de un escrupuloso proceso creativo y de una segura y cuidada ejecución, fundados ambos en una consistente convicción en sus principios pictóricos y en unas cualidades artísticas innegables.
La contemplación de esos trozos de mar vistos desde las playas, que el pintor representa en sus óleos sobre lienzo, crea un cierto vértigo, que obliga al observador a penetrar en el cuadro y gozar de las emociones que el artista trasmite mediante un sabio empleo de puntos de fuga en donde el dibujo y el color convergen, dando al cuadro la ilusión cinética que la perspectiva induce, y que no se pierde ni cuando la niebla cubre una parte del paisaje.


Por encima, en sus cuadros sobrevuela una honda diégesis lírica, basada en la soledad por la lejanía de vida humana, pero no así de sus vestigios, que insertos en el paisaje no lo modifican y por el contrario le dan una nueva valoración, en la que ”la melancolía juega un papel fundamental: los arrastra al terreno del pensamiento para convertirlos en un silencio profundamente vivo, para acentuar lo sublime de esa lejanía”, como el autor confiesa, descubriéndonos su poética.


 

Benito de Diego González, 2013


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